Como en una obra de stand up, me dispongo a decir lo que se me place, los de afuera me escuchan, y comparten, a veces ríen cómplicemente. Por mi parte, suelo hacer comentarios para que rían; es casi una rutina con esas amigas que veo poco, encontrarnos una tarde para merendar o tomar mates y que comiencen las preguntas. Saben que siempre voy a tener algo -gracioso- para contar, "esas cosas sólo te pasan a vos", dicen y ríen.
En otras situaciones, mi lengua se transforma en un nudo.
Otras en una serpiente, que cuando no sabe qué decir o cómo decirlo, me pica, se enreda, me muerde y clavándome los colmillos, me inyecta de veneno, perpetuando en mi cabeza, en mi garganta y en mi mente, todas esas cosas que no puedo dejar salir.
Funciona como veneno, sí. Entra lentamente a la sangre y me adormece despacio. Me hundo en una maraña de cosas sin sentido, caigo en una eternidad de agua donde me pierdo y no me encuentro, no sé donde estoy. Me ahogo. No puedo salir.
Si yo no hablo, no voy a poder salir.
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