Aprendí (quizás lentamente, o mediante mis tiempos) a disfrutar o valorar de otras cosas de la vida, cosas nuevas para mí, y cosas que quizás valgan mucho más que cualquier otra cosa material. Y cuando hablo de estas "nuevas cosas", hablo de momentos, aromas, miradas, situaciones.
Hablo de mirar a un otro cuando habla, de fijarme en gestos, de escuchar su voz. Hablo de disfrutar el pasar tiempo junto a ese otro, quizás sin hacer nada específico.
Hablo de la vida cotidiana, junto a otro. De dormir, comer, reír, compartir y hasta crecer.
Hablo de fijarse en esos detalles ínfimos del otro que lo hacen único. Y es "eso" que lo hace único, lo que me gusta de ese otro, y lo que me genera hasta una cierta admiración y un grado de orgullo, y hablo del orgullo que se siente al estar "orgulloso" de otro {valga la redundancia, sí}, como si me pareciera más fuerte que yo, y sintiera una especie de protección tácita a su lado.
Quizás sean estas pequeñas nuevas (tal vez por el paso del tiempo ya no sean tan tan nuevas) cosas, las que pesen muchísimo más que algún que otro defecto (de esos que nos tocan a todos) a la hora de hacer un balance, y las que hacen que elija día tras día, a un mismo "otro" para pasar juntos nuestros ratos, y avanzar paulatinamente en el camino de eso medio raro, medio incomprensible, estúpido y loco, llamado "amor", o atracción o como cada uno desee llamarlo.
La vida de uno, siempre está relacionada con otros. Y entre esos, siempre encontramos un "otro" especial.
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