domingo, 23 de octubre de 2011

Las veces que uno desea que las cosas sean diferentes, acompañan a todas esas cosas que uno piensa de qué otras cientos de maneras podrían ser.

Las ansías ante lo que no se conoce ni puede saberse, pueden acosarte días enteros.
Y la nostalgia que llueve sobre nuestra cabeza cuando se desvanece nuestra seguridad, aunque sea por un pequeño momento, duele.
La herida con sal, no se cura.

Tengo días de sol, y días de tormenta.
Tengo días agrios y días de frambuesa.
Tengo días en los que nada me alcanza, en donde todo lo malo
pesa más en la balanza. Algo dentro mío que no deja de supurar, que no me deja salir, que no me deja despertar.

Y cuando estoy con vos, el cielo se despeja, me despierto y veo todo tal como es.
Todo lo que a mi alrededor
brilla sin parar
brilla como nunca y de mi lado, no se va.
Me despierto con la apacible sensación de que todo lo feo
lo viví dormida, y ya no está.

Te recuerdo por allá
por los primeros días
quisiera suspender el paso del tiempo
y vivir eternamente en una fantasía
en un tiempo circular
donde vayamos juntos
siempre juntos y a la par.

Me sacaste los miedos,
me limpiaste con alcohol las heridas de dolor, como aquel día en los sueños.
Probamos juntos la sal, y nos fusionamos en la miel cuando me tomaste fuerte de la mano.
Nos sacamos las cáscaras nosotros mismos y poco a poco.

Nos dejamos entrar, el uno dentro del otro.



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