jueves, 15 de septiembre de 2011

Paranoia onírica

Me dispongo a dormir. Me acuesto, me acomodo, me relajo.

Estando sola nunca me resulta ni resultó fácil. Estando sola me cuesta el doble, nunca logro acomodarme, peleo con la tele hasta que la apago. Me tapo la parte de arriba de la cara, casi siempre. La luz suele arreglárselas seguido para molestarme y no dejarme cerrar los ojos tranquila.
Estando ahí, la cama me absorbe. El sueño, los sueños, me absorben.
Me duermo, y ese sueño, esos sueños, me llevan lejos. Vaya uno a saber dónde vamos cuando dormimos. Yo no me creo que la mente se duerma, estoy convencida que a algún lado, nos lleva.

Hace unos días, algo extraño sucedía en cuanto a la ventanita de la puerta de mi departamento. Me daba terror e impotencia.
Cuando dejaba la puerta cerrada, al rato, aparecía abierta. Cuando cerraba la pequeña cortina americana -que cubría esta ventana-, luego solía aparecer abierta.
Estaba sumamente desprotegida. Aún cuando alguna amiga venía de visita, y dejábamos la puerta cerrada, ésta se abría. Una vez llegué hasta a ver una escoba, atravesándose, impidiendo que mi puerta se cerrara.

Desde la mesa donde comía, podía ver la abertura de entrada con su ventana. Podía verse, del otro lado del pasillo, la puerta de mi vecino de enfrente, con su respectivo tragaluz. El suyo, no tenía cortina.
Cada vez que me disponía a mirar a través de mi ventana, lo veía a él, a mi vecino, mirando a través de la suya, espiando, espiándome. Miraba por su ventana, buscando noticias mías, buscando saber qué hacía. Esta situación me llenaba de susto hasta lo más profundo.

Mi vecino era viejo, poco se sabía de él. Vivía con su mujer y su nieto. Él tenía poco y blanco pelo, y unos lentes de marco grueso y negro. Nadie salía de ese departamento, exceptuando al nieto, un pibe desgarbado, flaco, de pelo marrón cortito y tez blanca. Desconocía sus nombres tanto como quizás, ellos el mío.

Era indefectible, cada vez que mirara mi ventana, iba a verlo a él del otro lado. Claro está, que cuando me detectaba, se corría de ahí, seguía en lo suyo, intentaba disimular.
Mientras tanto, yo vivía atemorizada, me sentía ultrajada.
Estaba constantemente agitada, y a quienes entraran, los hacía pasar rápido y repetía "cierren bien la puerta", poniendo las 3 trabas que tenía.

La última vez que lo ví espiando fue ese día que después salí, a hacer compras como hacía a veces. Cuando volví, me desayuné con la noticia de que mi vecino, había muerto. Ví como lo sacaban del edificio, cubierto con una sábana blanca.

Llegué a mi piso, la puerta de mi departamento estaba abierta; una vez más, como casi siempre.


Y me desperté.



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